26/7/08

Huellas en la arena


Una noche soñé que caminaba a lo largo de una playa acompañado por el Señor.Durante la caminata muchas escenas de mi vida fueron proyectándose en la pantalla del cielo.Según iba pasando cada una de esas escenas, notaba que unas huellas se formaban en la arena.A veces aparecían dos pares de huellas, otras solamente aparecía un par de ellas.Esto me preocupó grandemente porque pude notar que durante las escenas que reflejaban etapas tristes en mi vida, cuando me hallaba sufriendo de angustias, penas o derrotas, solamente podía ver un par de huellas en la arena.Entonces le dije al Señor : -“Señor, tú me prometiste que, si te seguía, tú caminarías siempre a mi lado. Sin embargo, he notado que durante los momentos más difíciles de mi vida sólo había un par de huellas en la arena: ¿Por qué cuando más te necesitaba no estuviste caminando a mi lado...?”
El Señor me respondió: -“Las veces que has visto sólo un par de huellas en la arena, hijo mío... ha sido cuando te he llevado en mis brazos”.

25/7/08

Rleflexiones

La roca en el camino

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Verdadero amor

El marido y la mujer deben valorarse mutuamente como iguales.


Mientras servía como Primer Consejero de la Primera Presidencia, el presidente Gordon B. Hinckley dijo:
“El matrimonio es, en el verdadero sentido, una sociedad de dos personas iguales, en el que ninguno ejerce dominio sobre el otro; más bien, cada uno ayuda a su compañero en las responsabilidades y aspiraciones que éste pueda tener” (“Yo creo”, Liahona, marzo de 1993, pág. 7).

El élder Boyd K. Packer, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó:
“Nunca se quiso decir que únicamente la mujer debía adaptarse a los deberes del sacerdocio de su esposo o de sus hijos. Por supuesto que ella debe sostenerlos y apoyarlos y animarlos.
“A su vez, los poseedores del sacerdocio deben adaptarse a las responsabilidades y necesidades de la esposa y madre. Su bienestar físico, emocional, intelectual y cultural y su desarrollo espiritual deben estar entre los primeros deberes del sacerdocio.
“No hay tarea, por pequeña que parezca, relacionada con el cuidado de los
bebés, la alimentación de los niños o con el mantenimiento del hogar que no sea una obligación igual [para el marido]” (“A Tribute to Women”, Ensign, julio de 1989, pág. 75).

El élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, aconsejó a los poseedores del sacerdocio: “Como esposo y digno poseedor del sacerdocio, querrás emular el ejemplo del Salvador, cuyo sacerdocio posees. El dar de ti mismo a tu esposa e hijos será tu foco principal en la vida. De vez en cuando, un hombre intenta controlar el destino de todos los miembros de la familia; él es quien toma todas las decisiones, y la esposa está sujeta a sus caprichos.
El hecho de que ésa sea la costumbre no tiene importancia. No es la manera
del Señor. No es la forma en que un Santo de los Últimos Días trata a su esposa y a su familia” (“Recibe las bendiciones del templo”, Liahona, julio
de 1999, pág. 30).
¿Cuáles son algunas de las cosas que hacen los esposos y las esposas cuando se valoran como iguales los unos a los otros?

a. Comparten la responsabilidad de asegurarse de que la familia ore junta, de que se lleve a cabo la noche de hogar y de que estudien juntos las Escrituras.
b. Juntos planifican la forma en que se emplean las finanzas de la familia.
c. Se consultan y llegan a un acuerdo con respecto a los reglamentos del hogar y a la forma de aplicar la disciplina a los niños. Los hijos ven que sus padres están unidos en esas decisiones.
d. Planifican juntos las actividades familiares.
e. Ambos ayudan en las responsabilidades del hogar.
f. Asisten juntos a la Iglesia.

¡Por falta de un clavo!


Esta famosa leyenda está basada en la muerte de Richard III Rey de Inglaterra, quien falleciera en el campo de batalla de Bosworth en 1485, ha sido inmortalizado por la famosa línea de Shakespeare: “un caballo, un caballo. Mi reino por un caballo!” que nos recuerda que pequeñas negligencias nos traen grandes caídas.



Richard III se preparó para la pelea de su vida. Un ejército guiado por Henry, conde de Richmond, estaba marchando en su contra. La prueba determinaría quien regiría Inglaterra.
En la mañana de la batalla, Richard envió a un mozo para asegurarse de que su caballo favorito estuviera listo. “póngale rápido la herradura” dijo el mozo al herrero.
“Tendrás que esperar” respondió el herrero. “he calzado a todos los caballos del ejercito del rey hasta hace pocos días y no tengo mas hierro”
“no puedo esperar”, dijo impacientemente el mozo. “los enemigos del rey están avanzando ahora mismo y debemos reunirnos en el campo. Haga con lo que tenga.
”Así el herrero empezó su tarea. De una barra de hierro hizo cuatro herraduras. Los martilló y dio forma y colocó en las patas del caballo. Entonces comenzó a clavarlas. Pero después de clavar tres se dio cuenta que no había suficientes clavos para las cuatro herraduras. “necesito uno o dos clavos mas, y eso tomará algún tiempo mientras los hago”. “Te dije que no puedo esperar”, dijo el mozo impacientemente. “he escuchado las trompetas ahora. Podrías usar solo el que tengas?”
“yo puedo poner la herradura, pero no estará tan segura como las otras”, dijo el herrero, “eso lo sostendrá? Preguntó el mozo. “podría ser” respondió el herrero, pero no estoy seguro”.
“bien, solo clávala”, gritó el mozo. “de prisa o Richard se enojará con nosotros.
”Los ejércitos chocaron y Richard estuvo en lo más reñido de la batalla. Corrió de arriba hacia abajo al campo, alentando a sus hombres y peleando contar sus enemigos. “adelante! adelante!” gritó instando a sus tropas hacia las líneas de Henry.
Lejos, al otro lado del campo, vio algunos de sus hombres retrocediendo. Si otros los vieran también podrían hacer lo mismo. Así Richard galopó hacia la línea de quiebre, llamando a sus soldados para que peleen. Estaba apenas a mitad del campo cuando una de las herraduras de su caballo se soltó. El caballo se tropezó y cayó y Richard cayó a tierra.
Antes de que el rey pudiera agarrar las riendas, el asustado animal se levantó y galopó muy lejos. Richard miró a su alrededor y vio que sus soldados estaban corriendo retrocediendo y las tropas de Henry los sitiaron.
El ondeó su espada en el aire, “un caballo!” gritó. “un caballo! Mi reino por un caballo” pero no había un caballo para él. Su ejército se había caído a pedazos y sus tropas estaban tratando de salvarse a ellos mismos. Un momento mas tarde los soldados de Henry estaban sobre Richard, y la batalla hubo terminado.
Y desde entonces la gente ha dicho:
Por falta de un clavo, una herradura se perdió,
Por falta de una herradura, un caballo se perdió,
Por falta de un caballo, una batalla se perdió,
Por falta de una batalla, un reino se perdió.
Y todo por falta de un clavo.
Es una buena leyenda para hablar sobre la importancia que debe darle todo líder de la Iglesia a vestirse con toda la armadura de Dios. (Efesios 6:10-18)