31/10/08

El Estandarte De La Verdad

El profeta José sabía que ningún enemigo de entonces ni del futuro tendría bastante poder para frustrar ni para detener los propósitos de Dios. El sabía, conocía, habia visto el alcance que La Iglesia de Cristo alcanzaría antes de la venido del Gran Maestro, del Rey de Reyes, El Hijo de Dios.
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Y así lo declaró en sus proféticas palabras:
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“El estandarte de la verdad se ha izado; ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra; las persecuciones podrán encarnizarse, los populachos se podrán combinar, los ejércitos podrán juntarse y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente hasta que haya penetrado en todo continente, visitado todo clima, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”
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(Gran parte el texto que aparece en este video es el que aparece anteriormente en negrita)

30/10/08

La verdad de Dios seguirá adelante

Élder M. Russell Ballard
Del Quórum de los Doce Apóstoles

Ésta es la obra de Dios y la obra de Dios no será frustrada; sin embargo, todavía queda mucho por hacer.

Mis hermanos y hermanas, el 19 de julio de este año los Hijos de los Pioneros de Utah colocaron una estatua del profeta José Smith y de su sucesor, el presidente Brigham Young, en This Is the Place Heritage Park (El Parque del Patrimonio “Éste es el lugar”) de Salt Lake City. La estatua, titulada Con los ojos hacia el Oeste, muestra a estos dos grandes profetas con un mapa de los territorios occidentales [de Estados Unidos].

Muchas personas, incluso los Santos de los Últimos Días, olvidan que José Smith era totalmente consciente de que la Iglesia se iba a trasladar finalmente al grandioso Oeste estadounidense. En agosto de 1842, él profetizó que “los santos seguirían padeciendo mucha aflicción, y que serían echados hasta las Montañas Rocosas; que muchos apostatarían, otros morirían por manos de nuestros perseguidores, o perderían la vida debido a los rigores de la intemperie o de las enfermedades; y que algunos vivirían para ir y ayudar a establecer colonias y edificar ciudades, y ver a los santos llegar a ser un pueblo poderoso en medio de las Montañas Rocosas” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 551–552).

Ni siquiera los amigos más íntimos de José en aquellos primeros años entendían por completo las pruebas que soportarían los Santos de los Últimos Días a medida que la Iglesia fuera avanzando desde sus humildes principios en las primeras décadas de 1800. Pero el profeta José sabía que ningún enemigo de entonces ni del futuro tendría bastante poder para frustrar ni para detener los propósitos de Dios. Nos son familiares sus palabras proféticas: “El estandarte de la verdad se ha izado; ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra; las persecuciones podrán encarnizarse, los populachos se podrán combinar, los ejércitos podrán juntarse y la calumnia podrá difamar; mas la verdad de Dios seguirá adelante valerosa, noble e independientemente hasta que haya penetrado en todo continente, visitado todo clima, abarcado todo país y resonado en todo oído, hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 149–150).

Han pasado casi dieciocho décadas desde que se organizó La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en 1830; hemos tenido ciento setenta y ocho años para observar el cumplimiento de la profecía y ver “la verdad de Dios” que sigue “adelante valerosa, noble e independientemente”.

La Iglesia comenzó su primera década con sólo unos pocos miembros. A pesar de la intensa oposición, durante la década de 1830 se llamó a quinientos noventa y siete misioneros y se bautizaron más de quince mil conversos. Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña se abrieron para la predicación del Evangelio.

Durante la década de 1840, también hubo muchos conversos mientras continuaban las persecuciones encarnizadas contra la Iglesia y especialmente contra el profeta José. En medio de esas dificultades y no obstante lo arduo que era viajar, el Evangelio restaurado de Jesucristo siguió extendiéndose cada vez más por la tierra gracias al fiel servicio de mil cuatrocientos cincuenta y cuatro misioneros que fueron llamados durante ese período y el número de miembros de la Iglesia aumentó a más de cuarenta y ocho mil. El 27 de junio de 1844 la persecución a José Smith culminó cuando él y su hermano Hyrum fueron asesinados por un populacho en la cárcel de Carthage.

Poco después del martirio y en cumplimiento de la visión de José, Brigham Young y la Iglesia comenzaron los preparativos para trasladarse a las Montañas Rocosas. Las privaciones, la aflicción, la muerte y la apostasía los acompañaron constantemente; sin embargo, la obra siguió avanzando. En la década de 1850, hubo unos setecientos cinco misioneros llamados a prestar servicio en diversas regiones, entre ellas Escandinavia, Francia, Italia, Suiza y Hawai. La obra misional también comenzó en diversas partes del mundo como India, Hong Kong, Tailandia, Burma, Sudáfrica y las Indias Occidentales.

Entre los conversos fieles de Escandinavia y Gran Bretaña que se bautizaron durante esa década estaban los que sufrieron y murieron, en tierra y en el mar, mientras viajaban para reunirse con los santos aquí en las Montañas Rocosas.

En 1875 se llamó a los primeros siete misioneros que irían a México; la obra allí floreció aun en medio de la revolución y de otros desafíos y fue hace precisamente cuatro años, en 2004, que la Iglesia logró tener un millón de miembros en ese país.

La fe de los santos se probó en cada paso que dieron mientras Brigham Young los dirigía para construir templos y establecer más de trescientas cincuenta colonias en el Oeste. Cuando Brigham Young murió en 1877, el número de miembros de la Iglesia en el mundo había aumentado a más de ciento quince mil. A pesar de toda la persecución, la verdad de Dios ciertamente seguía adelante valerosa y noblemente.

El tiempo no me permite hacer un repaso detallado del crecimiento de la Iglesia durante las siguientes décadas, pero es de notar que en el transcurso de los cuarenta años siguientes, de 1890 a 1930, mientras la Iglesia y su doctrina todavía estaban bajo el ataque del público, el élder Reed Smoot fue elegido senador para el Congreso de los Estados Unidos, y tuvo que luchar para ocupar su cargo. En ese tiempo se habló mucho de la Iglesia y de sus enseñanzas, gran parte de lo cual era agraviante y dirigido al presidente Joseph F. Smith y a otros líderes de la Iglesia. Sin embargo, hubo algunos artículos de periódico que empezaron a mencionar a los miembros de la Iglesia como ciudadanos serviciales y buenas personas.

El 3 de septiembre de 1925, el presidente Heber J. Grant anunció que la Iglesia iba a comenzar la obra misional en Sudamérica. Siguiendo el modelo establecido por el Señor para llevar el Evangelio restaurado a todas las naciones, un miembro del Quórum de los Doce Apóstoles— mi abuelo paterno, el élder Melvin J. Ballard— fue enviado a Sudamérica con el fin de dedicar la tierra para la predicación del Evangelio.

En la mañana de Navidad de 1925, en Argentina, el élder Ballard dedicó los países sudamericanos y comenzó la obra misional. Antes de partir, en julio del año siguiente, profetizó esto: “La obra del Señor aquí avanzará lentamente por un tiempo, al igual que el roble crece paulatinamente de una bellota; no surgirá en un día como el girasol que florece rápidamente y luego muere, pero miles de personas se unirán a la Iglesia en estas tierras. La obra se dividirá en más de una misión y será una de las más fuertes de la Iglesia; nunca será más pequeña de lo que es en este momento” (“Melvin J. Ballard: Crusader for Righteousness”, [“Melvin J. Ballard: Defensor de la rectitud”], Bookcraft, p. 84).

Cualquiera que conozca el crecimiento de la Iglesia en Sudamérica sabe que esa profecía se ha cumplido. Actualmente, sólo en Brasil hay más de un millón de miembros.

En el transcurso de cuatro décadas, desde 1930 a 1970, hubo más de ciento seis mil misioneros llamados a prestar servicio. El número de miembros de la Iglesia se cuadruplicó a más de dos millones ochocientos mil. En la década de 1960 hubo más de un millón de miembros nuevos. Para 1970, había misioneros prestando servicio en cuarenta y tres naciones y nueve territorios. Durante ese período de cuarenta años se abrieron a la obra misional los países sudamericanos de Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay, Ecuador, Colombia, Perú y Venezuela. En Centroamérica, los siervos del Señor iniciaron la predicación en las naciones de Panamá, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. En Asia los grandes esfuerzos renovados empezaron a dar fruto en Corea, Taiwán, Singapur y Filipinas.

Nada de eso fue fácil. Las dificultades, los obstáculos y la persecución acompañaron todo intento de llevar “la verdad de Dios” a todo continente y país para que resonara “en todo oído”. No obstante, seguimos adelante con fe; se resolvieron las dificultades y se vencieron los obstáculos.
El presidente Spencer W. Kimball pidió a los miembros que alargaran el paso para difundir y compartir la verdad del Evangelio; pidió a todas las estacas del mundo que aumentaran el número de misioneros, e introdujo a la Iglesia en el uso de los medios de comunicación a fin de llevar nuestro mensaje a cientos de millones de personas por toda la tierra.

En los doce años en que fue Presidente de la Iglesia, cerca de doscientos mil misioneros de tiempo completo prestaron servicio misional; aumentó a casi el doble el número de miembros de la Iglesia en todo el mundo y el número de estacas casi se triplicó; se comenzó o se volvió a abrir la obra misional en diversos países y empezó a producirse el milagro de la conversión en muchas tierras a pesar de todos los intentos del adversario por frustrar la obra del Señor o por desalentar a Sus obreros.

Han pasado un poco más de dos décadas desde que el presidente Kimball terminó su ministerio terrenal, y durante ese período hemos alcanzado una prominencia sin precedentes en la comunidad mundial de la fe. Probablemente no por coincidencia, también hemos experimentado a través de los medios de comunicación ataques ideológicos inauditos a nuestra gente, nuestra historia y nuestra doctrina.

No obstante, la Iglesia continúa creciendo. La cantidad de miembros ha vuelto a crecer más del doble, de 5.9 millones en 1985 a más de trece millones en la actualidad; y el año pasado se llamó al millonésimo misionero para prestar servicio en esta dispensación.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, el propósito de esta breve reseña que he ofrecido de la visión profética de José sobre el destino de esta Iglesia y de su cumplimiento literal a través de las décadas es traernos a la memoria esta sencilla verdad:

“Las obras, los designios y los propósitos de Dios no se pueden frustrar ni tampoco pueden reducirse a la nada.

“Porque Dios no anda por vías torcidas… ni se aparta de lo que ha dicho; por tanto, sus sendas son rectas y su vía es un giro eterno.

“Recuerda… que no es la obra de Dios la que se frustra, sino la de los hombres” (D. y C. 3:1–3).

Dios ha hablado por medio de Su Profeta y ha anunciado al mundo que “el estandarte de la verdad se ha izado” y que “ninguna mano impía puede detener el progreso de la obra”. Eso es una verdad innegable e indiscutible. La hemos visto por nosotros mismos, década tras década, desde la época del profeta José Smith hasta la del presidente Thomas S. Monson. Las persecuciones se han encarnizado; la calumnia, las mentiras y la tergiversación han intentado difamar; pero en todas las décadas, desde el momento de la Restauración en adelante, la verdad de Dios ha seguido avanzando “valerosa, noble e independiente”. La pequeña Iglesia que comenzó en 1830 con un pequeño grupo de miembros ha crecido hasta tener más de trece millones de Santos de los Últimos Días en muchas naciones alrededor del mundo, y estamos en camino a penetrar todo continente, visitar todo clima, abarcar todo país y resonar en todo oído.

Ésta es la obra de Dios y la obra de Dios no será frustrada; sin embargo, todavía queda mucho por hacer antes de que el Gran Jehová anuncie que la obra se ha concluido. Aun cuando elogiamos y honramos a los santos fieles que nos han traído hasta este punto de prominencia pública, no podemos darnos el lujo de sentirnos satisfechos ni conformes.

Se necesita de todos nosotros para completar la obra que aquellos santos pioneros de hace más de ciento setenta y cinco años comenzaron y que los santos fieles de cada generación en las décadas subsecuentes han llevado adelante. Es preciso que creamos como ellos creyeron, que trabajemos como ellos trabajaron, que prestemos servicio como ellos lo hicieron; y es preciso que triunfemos como ellos triunfaron.

Por supuesto, las dificultades que enfrentamos hoy son diferentes, pero no menos severas. En lugar de populachos enfurecidos, enfrentamos a los que constantemente tratan de difamarnos. En lugar de estar expuestos a la intemperie y a las penurias, estamos expuestos al abuso del alcohol y las drogas, a la pornografía, a todas clases de inmundicia y de vulgaridad, de codicia, deshonestidad y apatía espiritual. En lugar de ver a las familias desarraigadas y apartadas del hogar, vemos a la institución de la familia, incluso la divina institución del matrimonio, bajo ataque por las personas que colectiva e individualmente intentan corromper la función prominente y divina que la familia tiene en la sociedad.

Con esto no quiero decir que nuestras dificultades actuales sean más graves que las que enfrentaron quienes nos precedieron; sólo son diferentes. El Señor no nos pide que carguemos un carro de mano, nos pide que fortalezcamos nuestra fe; no nos pide que atravesemos caminando un continente, nos pide que crucemos la calle para visitar a nuestro vecino; no nos pide que renunciemos a todas nuestras posesiones mundanas para construir un templo, nos pide que demos de nuestros medios y de nuestro tiempo, a pesar de las presiones del diario vivir, para continuar edificando templos, y luego, que asistamos regularmente a los que ya estén construidos; no nos pide que suframos la muerte de un mártir, nos pide que vivamos la vida de un discípulo.

Ésta es una gran época para estar vivos, hermanos y hermanas, y de nosotros depende continuar la rica tradición de la dedicación devota que ha sido el distintivo de las generaciones previas de Santos de los Últimos Días. Ésta no es una época para los de corazón espiritualmente débil; no podemos permitirnos ser íntegros sólo superficialmente, sino que nuestro testimonio debe ser profundo, con raíces espirituales firmemente fundadas en la roca de la revelación. Y, como pueblo del convenio y pueblo consagrado, con fe en cada paso, debemos continuar llevando adelante la obra “hasta que se cumplan los propósitos de Dios y el gran Jehová diga que la obra está concluida”. Que así sea con nosotros, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

A Sión venid

Élder D. Todd Christofferson
Del Quórum de los Doce Apóstoles

En nuestra familia y en nuestras estacas y distritos, procuremos establecer Sión por medio de la unidad, la piedad y la caridad.
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El profeta José Smith dijo: “La edificación de Sión es una causa que ha interesado al pueblo de Dios en todas las edades; es un tema que los profetas, reyes y sacerdotes han tratado con gozo particular. Han mirado adelante, con gloriosa expectativa, hacia el día en que ahora vivimos; e inspirados por celestiales y gozosas expectativas, han cantado, escrito y profetizado acerca de ésta, nuestra época; pero murieron sin verla. Nosotros somos el pueblo favorecido que Dios ha elegido para llevar a cabo la gloria de los últimos días” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: José Smith, [Curso de estudio del Sacerdocio de Melquisedec y de la Sociedad de Socorro, 2007], pág. 195).

Sión es a la vez un lugar y un pueblo; fue el nombre que se dio a la antigua ciudad de Enoc en los tiempos anteriores al Diluvio. “…Y aconteció que en sus días él edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, Sión” (Moisés 7:19). Aquella Sión existió unos trescientos sesenta y cinco años (véase Moisés 7:68). El registro de las Escrituras dice: “Y Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios, y él moró en medio de Sión; y aconteció que Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: Sión ha huido” (Moisés 7:69). Más tarde, a Jerusalén y su templo se les llamó el monte de Sión, y las Escrituras profetizan de una futura Nueva Jerusalén donde Cristo reinará como “Rey de Sión”, cuando “por el espacio de mil años la tierra descansará” (Moisés 7:53, 64).

El Señor llamó al pueblo de Enoc, Sión, “porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). En otra parte Él dijo: “…porque ésta es Sión: los puros de corazón” (D. y C. 97:21).

La antítesis y antagonista de Sión es Babilonia. La ciudad de Babilonia originalmente era Babel, la de la conocida Torre de Babel, y más adelante llegó a ser la capital del Imperio Babilónico. Su edificio principal era el templo de Bel o Baal, el ídolo al cual se referían los profetas del Antiguo Testamento como “vergüenza” dadas las perversiones sexuales que se relacionaban con su adoración (véase el Diccionario Bíblico en inglés: “Asiria y Babilonia”, “Babilonia o Babel”, o la Guía para el Estudio de las Escrituras: “Baal”). Su mundanalidad, su adoración del mal y el cautiverio de Judá después de la conquista en el año 587 a.C., todo ello se combina para que Babilonia se considere el símbolo de las sociedades decadentes y de la esclavitud espiritual.

Es en base a ese antecedente que el Señor dijo a los miembros de Su Iglesia: “Salid de Babilonia; congregaos de entre las naciones, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (D. y C. 133:7). Mandó que los élderes de Su Iglesia fueran enviados a todo el mundo para llevar a cabo ese recogimiento, lo que dio comienzo a un empeño que continúa en pleno vigor hoy día. “Y he aquí, éste será su pregón y la voz del Señor a todo pueblo: Id a la tierra de Sión para que se ensanchen las fronteras de mi pueblo, y sean fortalecidas sus estacas, y Sión se extienda hasta las regiones inmediatas” (D. y C. 133:9).

Así es como hoy el pueblo del Señor está congregándose “de entre las naciones” al reunirse en congregaciones y estacas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días esparcidas entre las naciones. Nefi previó que esos “dominios” serían pequeños pero que el poder del Señor descendería “sobre los santos de la iglesia del cordero… que se hallaban dispersados sobre la superficie de la tierra; y [tendrían] por armas su rectitud” (véase 1 Nefi 14:12–14). El Señor nos pide que seamos faros de rectitud para guiar a los que busquen la seguridad y las bendiciones de Sión:

“De cierto os digo a todos: Levantaos y brillad, para que vuestra luz sea un estandarte a las naciones;

“a fin de que el recogimiento en la tierra de Sión y sus estacas sea para defensa y para refugio contra la tempestad y contra la ira, cuando sea derramada sin mezcla sobre toda la tierra” (D. y C. 115:5–6).

Bajo la dirección del profeta José Smith, los primeros miembros de la Iglesia intentaron establecer el lugar central de Sión en Misuri, pero no se hicieron merecedores de edificar la ciudad santa. El Señor explicó una de las razones por las que fracasaron:

“…no han aprendido a ser obedientes en las cosas que requerí de sus manos, sino que están llenos de toda clase de iniquidad, y no dan de sus bienes a los pobres ni a los afligidos entre ellos, como corresponde a los santos;

“ ni están unidos conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial” (D. y C. 105:3–4).

“…había riñas, y contiendas, y envidias, y disputas, y deseos sensuales y codiciosos entre ellos; y como resultado de estas cosas, profanaron sus heredades” (D. y C. 101:6).

Sin embargo, antes de juzgar a esos primeros santos con demasiada severidad, debemos analizarnos a nosotros mismos para ver si somos mucho mejores.

Sión es Sión debido al carácter, a los atributos y a la fidelidad de sus habitantes. Recuerden que “el Señor llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18). Si queremos establecer Sión en nuestros hogares, ramas, barrios y estacas, debemos estar a la altura de esa norma. Será preciso: (1) que lleguemos a ser unidos en corazón y voluntad; (2) que individual y colectivamente lleguemos a ser un pueblo santo; y (3) que cuidemos de los pobres y los necesitados con tal eficacia que eliminemos la pobreza de entre nosotros. No podemos esperar hasta que venga Sión para que sucedan esas cosas; Sión vendrá sólo cuando las hagamos.

La unidad

Al considerar la unidad que se requiere para que Sión florezca, debemos preguntarnos si hemos superado las “riñas, y contiendas, y envidias, y disputas” (D. y C. 101:6). ¿Estamos, individualmente y como pueblo, libres de contención y disputas y unidos “conforme a la unión que requiere la ley del reino celestial”? (D. y C. 105:4). El perdonarnos unos a otros es esencial para lograr esa unidad. Jesús dijo: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres” (D. y C. 64:10).

Llegaremos a ser uno de corazón y voluntad si cada uno pone al Salvador como centro de nuestra vida y si seguimos a aquellos a quienes Él ha comisionado para dirigirnos. Podemos unirnos al presidente Thomas S. Monson en amor y preocupación el uno por el otro. En la conferencia general de abril de este año, el presidente Monson habló a los que se han apartado de la Iglesia y a todos nosotros cuando dijo: “En el refugio privado de nuestra propia conciencia yace ese espíritu, esa determinación de despojarnos de la persona antigua y alcanzar la medida de nuestro verdadero potencial. En ese espíritu, volvemos a extender esa sincera invitación: Vuelvan. Les tendemos la mano con el amor puro de Cristo y expresamos nuestro deseo de ayudarlos y recibirlos en plena hermandad. A los que estén heridos en el espíritu o que tengan dificultades y temor, les decimos: Permítannos ayudarlos, animarlos y calmar sus temores” (“El mirar hacia atrás y seguir adelante”, Liahona, mayo de 2008, pág. 90).

A fines de julio de este año, los jóvenes adultos solteros de diversos países de Europa se reunieron en las afueras de Budapest, Hungría, para una conferencia. Entre ellos había un grupo de veinte hombres y mujeres jóvenes de Moldavia que habían pasado días tratando de obtener pasaportes y visas, y más de treinta horas viajando en autobús para llegar allí. El programa de la conferencia incluía unos quince talleres; cada persona tenía que elegir los dos o tres que le interesaran más. En lugar de concentrarse exclusivamente en su intereses personales, los jóvenes moldavos se reunieron e hicieron planes para que por lo menos uno de ellos estuviera en cada una de las clases y tomara abundantes notas; después, compartirían lo que habían aprendido unos con otros y más tarde lo harían con los jóvenes adultos de Moldavia que no habían podido asistir. En su forma más sencilla eso ejemplifica la unidad y el amor de unos por los otros que, multiplicado miles de veces en diversas maneras, volverá “a traer a Sión”(Isaías 52:8).

La santidad

Gran parte de la obra de establecer Sión consiste en nuestros esfuerzos individuales por llegar a ser “los puros de corazón” (D. y C. 97:21). “No se puede edificar a Sión sino de acuerdo con los principios de la ley del reino celestial”, dijo el Señor, “de otra manera, no la puedo recibir” (D. y C. 105:5). La ley del reino celestial es, por supuesto, la ley y los convenios del Evangelio, que incluyen el tener constantemente presente al Salvador y nuestro compromiso de obediencia, sacrificio, consagración y fidelidad.

El Salvador censuró a algunos de los primeros santos por sus “deseos sensuales” (D. y C. 101:6; véase también D. y C. 88:121). Aquellas eran personas que vivían en un mundo donde no existían ni la televisión, ni el cine, ni internet ni los iPod. En un mundo inundado por imágenes y música sensuales, ¿nos encontramos libres de ese tipo de deseos y de los males que los acompañan? En lugar de alterar los límites de la vestimenta modesta o de transigir a la inmoralidad indirecta de la pornografía, debemos sentir hambre y sed de rectitud. Para venir a Sión, no es suficiente que seamos un tanto menos inicuos que los demás; no sólo debemos ser buenos, sino que debemos llegar a ser hombres y mujeres santos. Recordando la frase del élder Neal A. Maxwell, establezcamos de una vez por todas nuestra residencia en Sión y renunciemos a nuestra casa de veraneo en Babilonia (véase “Proponed esto en vuestros corazones”, Liahona, noviembre de 2006, págs. 102–103).

El cuidado de los pobres

A través de la historia, el Señor ha evaluado a las sociedades y a las personas según la forma en que cuidaron de los pobres. Él ha dicho:

“Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes.

“De manera que, si alguno toma de la abundancia que he creado, y no reparte su porción a los pobres y a los necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, en el infierno alzará los ojos con los malvados, estando en tormento” (D. y C. 104:17–18; véase también D. y C. 56:16–17).

Además, dice: “No obstante, en vuestras cosas temporales seréis iguales, y esto no de mala gana; de lo contrario, se retendrá la abundancia de las manifestaciones del Espíritu” (D. y C. 70:14; véase también D. y C. 49:20; 78:5–7).

Nosotros controlamos cómo se dispone de nuestros medios y recursos, pero somos responsables ante Dios de nuestra mayordomía en las cosas terrenales. Es gratificante ver la generosidad de ustedes al contribuir a las ofrendas de ayuno y a los proyectos humanitarios. A través de los años, el sufrimiento de millones de personas se ha aliviado y muchas otras han logrado ser autosuficientes gracias a la generosidad de los santos. No obstante, al seguir la causa de Sión, cada uno de nosotros debe considerar en oración si está haciendo lo que debe, todo lo que el Señor espera que haga, con respecto a los pobres y los necesitados.

Al vivir, como muchos lo hacemos, en sociedades que adoran las posesiones y los placeres, podemos preguntarnos si nos estamos manteniendo distanciados de la codicia y del deseo de adquirir cada vez más de los bienes de este mundo. El materialismo no es nada más que otra manifestación de la idolatría y el orgullo que caracterizan a Babilonia. Tal vez podamos aprender a estar satisfechos con lo suficiente para nuestras necesidades.

El apóstol Pablo advirtió a Timoteo sobre las personas que “toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6:5).

Él dijo: “…nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar.

“Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:7–8).

En gran parte del mundo estamos entrando en tiempos económicos inestables. Cuidemos los unos de los otros de la mejor manera posible. Recuerdo la historia de una familia vietnamita que huyó de Saigón en 1975 y terminó viviendo en una pequeña casa rodante en Provo, Utah. Uno de los jóvenes de la familia de refugiados llegó a ser el compañero de orientación familiar de un tal hermano Johnson, que vivía cerca con su familia numerosa. El muchacho relató lo siguiente:

“Un día el hermano Johnson notó que nuestra familia no tenía una mesa en la cocina; al día siguiente apareció con una mesa de aspecto extraño pero muy práctica, que cabía perfectamente contra la pared frente al fregadero y la encimera de la cocina. Digo que era extraña porque dos de las patas hacían juego con la parte superior y las otras dos no; y además, había varias clavijas de madera que sobresalían en uno de los costados de la gastada superficie.

“Empezamos a usarla para preparar los alimentos y comer algunas comidas rápidas. Aún comíamos la comida principal sentados en el suelo… según la costumbre vietnamita.

“Una tarde, esperando al hermano Johnson a la entrada de su casa para hacer la orientación familiar, vi, con gran sorpresa, que en la cocina había una mesa casi idéntica a la que le había regalado a mi familia; la única diferencia consistía en que en donde nuestra mesa tenía clavijas, ¡la de los Johnson tenía agujeros! Entonces me di cuenta de que, al notar nuestra necesidad, aquel hombre caritativo había cortado su mesa de cocina por la mitad y había hecho nuevas patas para las dos mitades.

“Era obvio que la familia Johnson no podía sentarse toda junta alrededor de aquella pequeña mesa; probablemente no cabían cómodamente ni siquiera cuando estaba entera…

“En el transcurso de mi vida, aquel acto de bondad ha sido un fuerte recordatorio de la verdadera generosidad” (Son Quang Le, según lo relató a Beth Ellis Le, “Dos mesas casi idénticas”, Liahona, julio de 2004, pág. 45).

El profeta José Smith dijo: “Nuestro objetivo principal debe ser la edificación de Sión” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, pág. 196). En nuestra familia y en nuestras estacas y distritos, procuremos establecer Sión por medio de la unidad, la piedad y la caridad, preparándonos para ese gran día en que Sión, la Nueva Jerusalén, se levante. En las palabras de nuestro himno:

Israel, Jesús os llama
de las tierras de pesar.
Babilonia va cayendo
Dios sus torres volcará.

A Sión venid, pues prestos;
en sus centros paz gozad.

A Sión venid, pues prestos;
El Señor ya volverá.

(“Israel, Jesús os llama”, Himnos, Nº 6).
Testifico de Jesucristo, el Rey de Sión, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Brazos de seguridad

Élder Jay E. Jensen
De la Presidencia de los Setenta

Al asistir a la reunión sacramental plenamente arrepentidos y con humildad, y al participar de la Santa Cena dignamente, sentiremos esos brazos [de seguridad] una y otra vez.

Esta tarde hablaré de la expiación de Jesucristo y de su relación con la preparación, la bendición y repartición de la Santa Cena por los poseedores del Sacerdocio Aarónico, lo cual el élder Oaks enseñó con tanto poder y belleza esta mañana. Utilizaré una frase corta de las Escrituras que me ayuda a visualizar la misericordia del Salvador. La frase es: “brazos de seguridad” (véase Alma 34:16).

Seguro entre Sus brazos
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Los miembros de una familia estaban tomando fotos desde un mirador en el lado norte del Gran Cañón; oyeron gritos y corrieron hacia donde estaba una niña de dos años que se había caído desde el barandal hacia una saliente unos once metros más abajo. La pequeña trató de trepar hacia arriba, pero al moverse se resbaló más hasta encontrarse a un metro y medio del borde de un precipicio de unos sesenta metros.

Un joven de diecinueve años llamado Ian vio en donde se hallaba la niña y supo cómo encarar la situación utilizando las técnicas de emergencia que había aprendido. Él dijo: “‘De inmediato todo me pareció claro y sencillamente supe qué hacer. Puse mi cámara en el suelo y fui a una parte del camino que no era tan escarpada, salté el barandal, me arrastré por unas rocas entre la maleza y la encontré’. Sosteniéndola entre sus brazos por una hora, Ian esperó hasta que un equipo de emergencia pudo bajar con cuerdas” para rescatarlos (“Save Her!”, New Era, septiembre de 2007, pág. 6). La frase “sosteniéndola entre sus brazos” me llamó la atención porque en las Escrituras se habla de brazos de amor, brazos de misericordia y brazos de seguridad (véase 2 Nefi 1:15; Mosíah 16:12; Alma 5:33; D. y C. 6:20; 29:1).

La frase de las Escrituras “[ceñido] con brazos de seguridad” proviene del mensaje que Amulek dio a los zoramitas con respecto a la Expiación infinita y eterna. Él enseñó que el sacrificio del Hijo de Dios hizo posible que el hombre tuviera fe en Cristo para conducirnos al arrepentimiento, “y así la misericordia satisface las exigencias de la justicia, y ciñe a los hombres con brazos de seguridad” (Alma 34:9–16; véase también vers. 9–15).

Enseñar lo intangible con lo tangible

Para comprender mejor los “brazos de seguridad”, es importante recordar que el Salvador utilizó cosas tangibles como monedas, semillas, ovejas, panes, pescados y partes del cuerpo para enseñar principios del Evangelio.

Los brazos son tangibles y los utilizamos para manifestar afecto y amor. Cuando llego a casa de la oficina, me envuelven los brazos tangibles de mi esposa. He sentido brazos de amor y seguridad a lo largo de mi servicio en Latinoamérica mediante el acostumbrado saludo de un abrazo.

Al meditar en la forma de enseñar eficazmente la Expiación a los demás, la frase “brazos de seguridad” me ha resultado útil. Cuando nos bautizamos y recibimos el Espíritu Santo mediante la imposición de manos, recibimos dos ordenanzas que nos ofrecen los brazos de seguridad. Al asistir a la reunión sacramental plenamente arrepentidos y con humildad, y al participar de la Santa Cena dignamente, sentiremos esos brazos una y otra vez.

Aplicar la reunión sacramental a nuestros días

El encabezamiento de la sección 110 de Doctrina y Convenios nos da el contexto de uno de los versículos más relevantes en cuanto a disfrutar de los brazos de seguridad. Cierto día de reposo durante la dedicación del Templo de Kirtland, el profeta José Smith explicó que él y otros poseedores del sacerdocio habían repartido la Santa Cena a la Iglesia.

Después de esa sagrada ordenanza, José Smith y Oliver Cowdery se retiraron a orar en privado. Después de la oración, el Salvador se les apareció y dijo: “He aquí, vuestros pecados os son perdonados; os halláis limpios delante de mí; por tanto, alzad la cabeza y regocijaos” (D. y C.110:5).

La secuencia de eventos en el Templo de Kirtland en 1836 se asemeja a nuestros días y se aplica a nosotros. Domingo tras domingo, ustedes, los jóvenes poseedores del sacerdocio, bendicen la Santa Cena y la reparten a los santos que van a la reunión sacramental con espíritu de oración, hambrientos de ser sanados espiritualmente, con esperanza, rogando escuchar en su mente y corazón estas palabras: “He aquí, vuestros pecados os son perdonados; os halláis limpios delante de mí; por tanto, alzad la cabeza y regocijaos” (D. y C.110:5).

El élder Dallin H. Oaks ha testificado que hay una purificación o cura espiritual asociada con la Santa Cena: “El sacramento de la Santa Cena del Señor es una renovación de los convenios y de las bendiciones del bautismo. Se nos manda arrepentirnos de nuestros pecados y venir al Señor con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y participar de la Santa Cena. Al participar del pan, testificamos que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, y a recordarle siempre, y a guardar Sus mandamientos. Cuando cumplimos con este convenio, el Señor renueva el efecto purificador de nuestro bautismo. Se nos purifica y siempre podemos tener Su Espíritu con nosotros” (“Testigos especiales de Cristo”, Liahona, abril de 2001, pág. 14).

Participación de los poseedores del Sacerdocio Aarónico

A fin de ayudar a los miembros a recibir más plenamente esa purificación o los brazos de seguridad, los que poseen las llaves para autorizar y quienes bendicen y reparten la Santa Cena deberán cerciorarse de que se cumplan las pautas generales de los manuales de la Iglesia respecto a la preparación, bendición y repartición de la Santa Cena. Todo poseedor del sacerdocio debe recordar que representa al Señor y debe ser reverente y digno. En general, nuestros jóvenes son ejemplares; no obstante, al bendecir y repartir la Santa Cena, a veces notamos que existe una tendencia alarmante hacia la informalidad y el descuido excesivos en la vestimenta y la apariencia personal.

Jóvenes, antes de ir a la Iglesia, por favor, ¿se detendrán frente al espejo una vez más para preguntarse a sí mismos si todos los aspectos de su apariencia personal están en orden? Aún mejor, pídanle a un ser querido, como un padre o una madre, que los mire una vez más y si hay algo fuera de lugar, no se molesten por el consejo que les den.

Los verdaderos siervos de Jesucristo están bien vestidos y arreglados, siempre reflejan las normas de Él y no la tendencia mundana de la informalidad. Cuidar de cada detalle meticulosamente asegura que el Espíritu del Señor esté presente. La vestimenta o la apariencia personal de los que bendicen y reparten la Santa Cena no debe constituir una distracción para los que busquen de corazón las bendiciones de la Expiación infinita.

Uno de los mensajes del presidente Monson a nosotros, los poseedores del sacerdocio, es que el poseer el sacerdocio es un privilegio: “es el mandato de servir, el privilegio de elevar y la oportunidad de bendecir la vida de los demás” (“Nuestra sagrada responsabilidad del sacerdocio”, Liahona, mayo de 2006, pág. 57). Testifico que eso se aplica a la bendición y repartición de la Santa Cena.

Sentir los brazos de seguridad

Cuando servía como obispo, fui testigo de las bendiciones de la Expiación en la vida de los miembros de la Iglesia que cometían transgresiones graves. En calidad de juez de Israel, escuchaba sus confesiones y, cuando lo ameritaba, les imponía restricciones, tal como el no participar de la Santa Cena por un tiempo.

Un joven adulto soltero de nuestro barrio estaba saliendo con una joven. Él y su novia permitieron que sus expresiones de afecto fueran más allá de lo debido. Él acudió a mí en busca de consejo y ayuda. De acuerdo con lo que me confesó y las impresiones del Espíritu que recibí, entre otras cosas, no se le permitió participar de la Santa Cena por un tiempo. Nos reunimos con frecuencia para constatar que se había arrepentido y, después de un tiempo adecuado, le autoricé a que participara de la Santa Cena de nuevo.

Al encontrarme sentado en el estrado durante esa reunión sacramental, lo observé participar en ese momento de la Santa Cena dignamente. Fui testigo de los brazos de misericordia, de amor y de seguridad que lo rodeaban mientras el efecto sanador de la Expiación reconfortó su alma y quitó su carga, brindándole el perdón, la paz y la felicidad prometidos.

La Expiación: un poder en constante vigencia

He experimentado y tengo un testimonio de una verdad que enseñó el presidente Packer: “Por alguna razón pensamos que la expiación de Cristo se aplica solamente al final de la vida mortal para redimirnos de la Caída, de la muerte espiritual, pero es mucho más que eso. Se trata de un poder en constante vigencia al que podemos recurrir a diario. Cuando estamos siendo atormentados, atribulados o torturados por la culpa o agobiados por las tribulaciones, Él puede sanarnos. Aunque no entendamos cabalmente cómo fue realizada la expiación de Cristo, podemos, sí, experimentar ‘la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento’” (“El toque de la mano del Maestro”, Liahona, julio de 2001, pág. 26).

Amo a mi Padre Celestial y a Su Hijo Jesucristo. Deposito mi fe, mi amor, mi lealtad y mi devoción en ellos. Testifico que Dios es nuestro Padre Celestial y que somos Sus hijos. Testifico que la Expiación es real y tiene poder en nuestra vida. Testifico que el Evangelio restaurado es verdadero. Estas verdades se encuentran en las Santas Escrituras, especialmente en el Libro de Mormón. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Honra el sacerdocio y utilízalo bien

Élder Richard G. Scott
Del Quórum de los Doce Apóstoles


Nuestro Salvador Jesucristo es el modelo perfecto del uso del santo sacerdocio. Él ministró con amor, compasión y caridad.

Mis queridos hermanos, estamos reunidos en todo el mundo en esta maravillosa hermandad del santo sacerdocio de Dios. Qué bendecidos somos de estar entre los pocos hombres de la tierra a quienes se les ha confiado la autoridad para actuar en el nombre del Salvador con el fin de bendecir a los demás mediante el uso correcto de Su sacerdocio.

Me pregunto, hermanos, ¿cuántos de nosotros reflexionamos seriamente acerca del valor inestimable de poseer el Sacerdocio Aarónico y el de Melquisedec? Cuando consideramos cuán pocos son los hombres que han vivido en la tierra y han recibido el sacerdocio, y cómo Jesucristo ha investido a esos hombres para actuar en Su nombre, deberíamos sentirnos sumamente humildes y profundamente agradecidos por el sacerdocio que poseemos.

El sacerdocio es la autoridad para actuar en el nombre de Dios. Esa autoridad es esencial para llevar a cabo Su obra sobre la tierra. El sacerdocio que poseemos es una porción de la autoridad eterna de Dios que se nos ha delegado; si somos leales y fieles, nuestra ordenación al sacerdocio será eterna.

Sin embargo, el conferir la autoridad no otorga por sí solo el poder del oficio. Nuestra dignidad personal, nuestra fe en el Señor Jesucristo y la obediencia a Sus mandamientos determinarán el grado en el cual podamos ejercer el poder del sacerdocio. Al tener el respaldo de una base segura de conocimiento del Evangelio, nuestra capacidad para utilizar el sacerdocio dignamente aumentará enormemente.

Nuestro Salvador Jesucristo es el modelo perfecto del uso del santo sacerdocio. Él ministró con amor, compasión y caridad. Su vida fue un ejemplo sin igual de humildad y poder. Las bendiciones más grandes que se reciben al utilizar el sacerdocio provienen del servicio humilde que se presta a los demás, sin pensar en uno mismo. Si seguimos Su ejemplo como poseedores fieles y obedientes del sacerdocio, tenemos a nuestra disposición un gran poder. Cuando sea necesario, podemos ejercer el poder de sanar, de bendecir, de consolar y de dar consejo, al seguir fielmente la suave inspiración del Espíritu.

Te voy a pedir que por algunos minutos pienses que tú y yo estamos solos en un lugar tranquilo, cuyo ambiente permite recibir la dirección del Espíritu Santo. Algunos de ustedes tienen entrevistas personales de dignidad en forma periódica mientras que otros tienen llamamientos en los cuales eso no ocurre casi nunca. Imagina que durante los próximos minutos tú y yo vamos a tener una entrevista del sacerdocio privada.

Mientras compartimos estos minutos juntos, te pido que reflexiones sobre tu dignidad personal para utilizar la autoridad sagrada que posees. También te pediré que consideres con cuánta frecuencia utilizas tu sacerdocio para bendecir a los demás. Mi intención no es criticar sino ayudar a aumentar los beneficios que se reciben al utilizar el sacerdocio.

¿Son propicios tus pensamientos privados y personales para recibir la guía del Espíritu Santo o sería beneficioso realizar una buena limpieza? ¿Nutres tu mente con materiales inspiradores o has sucumbido a la tentación de la pornografía impresa o de internet? ¿Evitas sinceramente el uso de estimulantes y de substancias que no están de acuerdo con el propósito de la Palabra de Sabiduría o has hecho algunas excepciones justificándolas en base a tu razonamiento? ¿Eres cuidadoso para controlar lo que entra a tu mente por tus ojos y tus oídos con el fin de asegurarte de que sea sano y eleve tu espíritu?

Si te has divorciado, ¿provees para las necesidades económicas reales de los niños de quienes eres el padre y no sólo el mínimo que requiere la ley?

Si estás casado, ¿eres fiel a tu esposa tanto mental como físicamente? ¿Eres leal a tus convenios matrimoniales al no entablar conversación con otra mujer que no querrías que tu esposa oyera? ¿Eres bondadoso con tu esposa y tus hijos, y los apoyas? ¿Ayudas a tu esposa haciendo algunas tareas de la casa? ¿Te encargas de las actividades familiares, tales como el estudio de las Escrituras, la oración familiar y la noche de hogar, o dejas que tu esposa llene el vacío que tu falta de atención produce en el hogar? ¿Le dices que la amas?

Si te sientes incómodo con cualquiera de las respuestas que has dado mentalmente a esas preguntas, te pido que tomes las medidas para cambiar ahora mismo. Si existen problemas de dignidad, de todo corazón te insto a hablar ya con tu obispo o con un miembro de la presidencia de tu estaca. Necesitas ayuda; esos problemas que te inquietan no se van a solucionar por sí solos. Sin la atención debida, lo más probable es que empeoren. Tal vez sea difícil para ti hablar con tu líder del sacerdocio, pero te aliento a que lo hagas ahora, para tu propio bien y para el bien de los que te aman.

Hermanos, ahora voy a hablarles de cómo se debe utilizar el sacerdocio para bendecir la vida de los demás, especialmente de las hijas del Padre Celestial.

La proclamación sobre la familia dice que el esposo y la esposa deben ser iguales. Estoy seguro de que a toda esposa en la Iglesia le gustaría tener esa oportunidad y que la apoyaría. Que ocurra o no, depende del esposo. Muchos esposos practican la igualdad con su esposa para el beneficio de ambos y la bendición de sus hijos. Sin embargo, muchos no lo hacen. Insto a todo hombre que sea renuente a establecer una relación de igualdad con su esposa a que obedezca el consejo inspirado del Señor y que lo haga. La igualdad en el matrimonio trae mayores beneficios cuando tanto el esposo como la esposa procuran saber la voluntad del Señor al tomar decisiones que les conciernen a ellos y a su familia.

Estén atentos a la inspiración del Espíritu al utilizar el privilegio supremo de actuar en el nombre del Señor mediante el sacerdocio que poseen. Estén más atentos de cómo pueden utilizar mejor el poder del sacerdocio en la vida de quienes aman y a quienes prestan servicio. En particular, pienso en personas tales como una viuda necesitada que podría beneficiarse con la ayuda de un poseedor del sacerdocio comprensivo y compasivo. Muchas de esas personas nunca solicitarán ayuda. Tengan presente la variedad de problemas que podrían ayudar a solucionar en el hogar de ellas, tal como aliviar las tensiones por medio de una bendición del sacerdocio, o la necesidad de realizar pequeñas reparaciones en el hogar.

En calidad de obispos, sean sensibles y atentos con las hermanas que prestan servicio en el consejo del barrio. Ellas pueden determinar las necesidades de aquellas hermanas de su barrio que no tienen la bendición del sacerdocio en su hogar. Por medio de visitas a las casas, la Sociedad de Socorro puede determinar las necesidades y recomendarles soluciones. Para asuntos más allá del ámbito de la Sociedad de Socorro, pueden pedir el apoyo del quórum de élderes o del grupo de sumo sacerdotes para proporcionar ayuda de acuerdo con las necesidades.

Cómo obispos, cuando brindan consejo a una pareja que tiene problemas matrimoniales, ¿dan el mismo crédito a lo que dice la mujer y a lo que dice el marido? Al viajar por el mundo me he dado cuenta que no se hace justicia con algunas mujeres cuando el líder del sacerdocio se deja persuadir más por un hijo que por una hija del Padre Celestial. Sencillamente, esa desigualdad no debe existir.

El propósito de la autoridad del sacerdocio es dar, prestar servicio, elevar e inspirar, no ejercer injusto control o fuerza. En algunas culturas, por tradición, el hombre tiene una función de dominio y autoridad para controlar y reglamentar todos los asuntos familiares. Esa no es la manera del Señor. En algunos lugares el hombre es casi dueño de su esposa, como si se tratara de una posesión más. Ese es un concepto cruel y erróneo del matrimonio infructuoso e instigado por Lucifer, y que todo poseedor del sacerdocio debe rechazar. Se basa en la idea falsa de que el hombre es en cierta forma superior a la mujer. Nada está más lejos de la verdad. Las Escrituras confirman que el Padre Celestial dejó a la mujer, Su más grandiosa, espléndida y suprema creación, para el final. Sólo después que todo lo demás estuvo terminado, se creó a la mujer. Sólo entonces se pronunció que la obra se había terminado y que era buena.

Acerca de nuestras esposas, madres, abuelas, hermanas y de otras mujeres importantes de nuestra vida, el presidente Hinckley dijo: “De todas las creaciones del Todopoderoso, no hay ninguna que sea más inspiradora que una bella hija de Dios que vive una vida virtuosa con el entendimiento de por qué debe hacerlo, que honra y respeta su cuerpo como algo sagrado y divino, que cultiva su mente y que constantemente ensancha el horizonte de su inteligencia, que nutre su espíritu con verdad sempiterna”1.

Por diseño divino, la mujer es fundamentalmente diferente del hombre en muchas formas2. Ella es compasiva y se interesa por quienes la rodean; sin embargo, esa naturaleza compasiva puede llegar a ser abrumadora para aquellas mujeres que encuentran más para hacer de lo que ellas son capaces de realizar, aun con la ayuda del Maestro. Algunas se desalientan porque sienten que no hacen todo lo que deberían. Creo que ése es el sentimiento que experimentan muchas mujeres dignas, eficientes y devotas de la Iglesia.

Por lo tanto, como esposo o hijo, expresa gratitud por lo que tu esposa y madre hacen por ti. Expresa tu amor y tu gratitud a menudo; eso hará que la vida de muchas hijas del Padre Celestial, que rara vez escuchan un comentario de elogio y a quienes no se les agradece la infinidad de cosas que hacen, sea más plena y agradable. Como esposo, cuando sientas que tu esposa necesita aliento, abrázala y dile cuánto la amas. Que cada uno de nosotros sea siempre cariñoso y agradecido con las mujeres especiales que enriquecen nuestra vida.

Muchas veces, el valor real de algo no se reconoce sino hasta que se nos quita. Para ilustrarlo, consideren el hombre que había perdido el uso del sacerdocio por causa de haber transgredido. Más tarde se le restituyó como parte de la restauración de las ordenanzas a la que se hizo merecedor por medio del arrepentimiento total. Después de restaurarle las bendiciones, miré a la esposa y le pregunté: “¿Le gustaría recibir una bendición?”. Ella respondió con entusiasmo. Entonces miré al esposo que ahora podía utilizar su sacerdocio y le dije: “¿Te gustaría darle una bendición a tu esposa?”. No hay palabras para expresar la profunda emoción de esa experiencia y los lazos de amor, confianza y gratitud que creó. No debería ser necesario que perdieran el derecho al sacerdocio para apreciarlo plenamente.

Conozco la felicidad y el gozo inmensos que he recibido al amar, apreciar y respetar a mi querida esposa con todo mi corazón y mi alma. Ruego que el uso del sacerdocio y el tratamiento que le des a la mujer más importante de tu vida te brinden la misma satisfacción.

En calidad de uno de los quince apóstoles del Señor Jesucristo sobre la tierra, expreso mis sentimientos en cuanto al sacerdocio captados a la perfección en esta declaración del presidente Howard W. Hunter: “Como testigos especiales de nuestro Salvador, se nos ha dado la maravillosa asignación de administrar los asuntos de Su Iglesia y Reino, y de ministrar a Sus hijas e hijos en cualquier parte en que éstos se encuentren sobre la faz de la tierra. A causa de que se nos ha llamado a testificar, gobernar y ministrar, se nos requiere que, a pesar de la edad, las enfermedades y el agotamiento físico, y de cualquier sentimiento de insuficiencia que podamos experimentar, hagamos la obra que se nos ha encomendado hasta el último aliento de vida que nos quede” 3.

Dios nos hará responsables por la forma en que tratemos a Sus preciadas hijas. Por lo tanto, tratémoslas como Él desearía que se las tratara. Ruego que el Señor nos guíe para tener más inspiración, ser más sensibles y eficaces en el uso del sacerdocio que poseemos, en especial con Sus hijas. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Notas
1. Gordon B. Hinckley, “Comprendamos nuestra naturaleza divina” Liahona, febrero de 2002, pág. 24.
2. Véase Moisés 4:17–19; Moisés 5:10–11.
3. Véase Howard W. Hunter, “A las mujeres de la Iglesia”, Liahona, enero de 1993, pág. 107.